
Creedme cuando os digo que el día en el que OS X Lion salió a la luz fue un día de locos entre los editores de Applesfera. Por esa razón, no pude prestar atención a las novedades de hardware que Apple aprovechó para desvelar junto con la nueva versión de su sistema operativo. Pero cuando lo pude ver de reojo, supe que algo había cambiado en el Mac mini. Y no me refiero directamente a las novedades de hardware, sino lo que éstas implican.
El Mac mini siempre ha sido, desde sus comienzos, el ordenador más barato y “justito” de Apple. Sin grandes pretensiones, con unas prestaciones adecuadas para el usuario básico, y como puerta de entrada a los usuarios que no querían gastarse mucho dinero o simplemente querían aprovechar su pantalla, teclado y ratón desechando la torre de un PC con un ordenador de un tamaño mucho menor. Pero con esta actualización, el Mac mini pasa a ser algo bastante más respetable, que puede cambiar la opinión de muchas personas.
Nada más lejos que mi caso personal, por ejemplo. Ahora que un MacBook Pro está estático en mi mesa de trabajo conectado a un monitor, llevo bastante tiempo pensando en adquirir un iMac en cuanto se presente una buena ocasión. Dudaba entre el de 21,5 pulgadas o el de 27, y aún guardando un sabor agrio del primer modelo que tuve con problemas de manchas en la pantalla debido al transformador de corriente. Y entonces llegó el día en el que me pude fijar en las nuevas características del Mac mini.




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