
Habitualmente, cuando hablábamos sobre evolución informática nos centrábamos en las características hardware. La historia de la informática ha pasado necesariamente por ligarse con la evolución de los componentes físicos, dejando en un segundo plano al software que debía funcionar sobre él. Es decir, primero se sentaban las bases de hardware y luego el software únicamente explotaba al máximo la potencia bruta de la que disponía.
Era inevitable que fuera así. La informática nació gracias a una acumulación de componentes hardware, cuyo principal problema era que simplemente funcionasen… Pero lo que lo hacía funcionar, podría no estar siquiera desarrollado. Estamos hablando de los años 70, cuando la informática intentaba entrar en el hogar y afianzarse en las empresas. Era un momento de descubrimientos, y como todos los descubrimientos, primero se comienza por una exploración del terreno. El hardware era el nuevo continente, y aquellos pioneros que experimentaban en el nuevo mundo todavía no habían comenzado a colonizarlo.
Durante años, la evolución fue imparable. Entramos en una carrera de velocidades que nada tenía que envidiar a la famosa cita deportiva “más alto, más rápido, más fuerte”, donde todos los fabricantes sólo presumían del motor de “sus coches”, olvidando (o mejor dicho, dejando en segundo plano) “quien” los conducía. Todos sabían que los conducía alguien, pero entonces era irrelevante.




