Llevo con iPhone desde el 4. No digo esto como credencial, sino como contexto: he pasado por casi todos los modelos, he visto cómo la gama fue creciendo, ensanchándose, ganando peso y grosor con cada generación. Y en algún momento del camino, sin que me diera cuenta, empecé a aceptar que usar un iPhone moderno implicaba hacer un trato.
Tú me das batería para que no tengas que preocuparte, y yo te quito ligereza. Tú me das tres cámaras, y yo te añado unos gramos más. Quince días con el iPhone Air me han recordado que ese trato no siempre existió.
Mi iPhone habitual es el iPhone 17 Pro Max. Lo elijo porque lo tiene todo, y eso no es frase hecha: batería que aguanta lo que le eches, tres cámaras con un teleobjetivo que da para mucho, la pantalla más grande de la gama. Tiene sentido elegirlo, sí. Pero cuando llevas años con el mismo tipo de iPhone, te acostumbras tanto que ya no recuerdas cómo era antes. El Air me ha recordado cómo era antes.
El iPhone que me devolvió una sensación olvidada
Tengo un recuerdo muy bueno del iPhone 7 Plus. Para mí fue el iPhone que más me enamoró en toda la historia de la línea. En aquel momento era el más avanzado que existía: doble cámara, pantalla grande en los modelos Plus, la batería más potente de la gama. No sentías que renunciaras a nada. Todo estaba ahí, sin asteriscos. Vale que era otra época y que la tecnología ha avanzado mucho desde entonces, pero esa sensación de "tengo el iPhone que lo tiene todo, de verdad" era única. Y pensaba que ya no volvería.
El iPhone Air me la ha devuelto. Cada día que lo cogía seguía sorprendiéndome, y eso tiene mucho mérito porque normalmente la primera semana es la del asombro y luego todo se normaliza. Con el iPhone Air eso no pasó. Hay algo en sostenerlo, en notar cómo casi desaparece entre los dedos, en ver que la pantalla lo cubre absolutamente todo, que no se vuelve rutinario. La sensación es un poco marciana y se mantiene incluso cuando llevas diez días con él en el bolsillo.
Lo que cambia cuando el iPhone deja de pesar
Cosas pequeñas que no pensaba que notaría tanto: el meñique descansando por fin, sin hacer equilibrismos. El bolsillo del abrigo que no tira para abajo. Sacarlo y guardarlo sin pensar en ello. Lo usas más, simplemente porque es un gusto usarlo. No duele la mano. No cansas el brazo.
Son detalles que con el iPhone 17 Pro Max aprendes a no notar, porque llevan tanto tiempo ahí que los das por normales. Y entonces un día coges el iPhone Air y te das cuenta de que llevabas años cargando con algo que no tenías por qué cargar. Y sí, lo sé: existe el iPhone 17 Pro. Este año además tiene las mismas cámaras que el Pro Max, la diferencia se reduce a batería y pantalla.
No siempre fue así, el iPhone 7 Plus fue el primero en tener doble cámara cuando el estándar llevaba solo una, y esa inercia de mirar al modelo grande como el que lo tiene todo cuesta sacudirse. Pero es justo reconocerlo: si buscas el punto medio entre el Air y el Pro Max, este año el Pro puede ser la respuesta.
Volviendo a mi experiencia con el iPhone Air, en accesorios también se nota. La cartera MagSafe o una batería externa dejan de ser un añadido que "ya que voy a añadirle peso de todas formas" y pasan a ser una opción que tú eliges según el día. Con el iPhone Air tienes la elección sobre cuánto peso quieres llevar encima. Con el Pro Max ya tienes la respuesta dada de antemano.
En cuanto a la batería (que es la crítica más repetida sobre este modelo) mi experiencia ha sido que es gestionable. No es excelente, no voy a decir eso. Pero con una batería externa MagSafe el problema desaparece, y lo mejor es que puedes elegir cuándo ponérsela.
Las cámaras: el único sacrificio sin respuesta fácil
Si hay algo en lo que el iPhone Air pide un esfuerzo, es aquí. Y quiero ser honesto, porque si no no tendría sentido este artículo. La batería tiene solución. El peso es su virtud. Pero la cámara es lo que es: una sola lente trasera, sin teleobjetivo, sin la versatilidad a la que me he acostumbrado en los modelos Pro.
No es que haga malas fotos. Las hace muy buenas, el sistema Fusion de 48 Mpx es una solución para lo que tiene que resolver... pero hay situaciones concretas en las que echo de menos el zoom. O el ultra gran angular. Y eso no se soluciona con ningún accesorio. Es la renuncia de este iPhone, y la única que no tiene respuesta.
Por eso, al final de los quince días, volví al iPhone 17 Pro Max. Era la elección esperable, y sigo pensando que es la correcta para mí. Pero la decisión no fue tan automática como esperaba.
Así deberían ser todos los iPhone
Y aquí está la reflexión con la que me he quedado dando vueltas: todos los iPhone deberían sentirse así. No solo el Air. Apple ha demostrado que se puede construir algo increíble con este nivel de ligereza, y ahora el reto (el de verdad) es que eso llegue a toda la gama.
No es un camino imposible. Ya ha pasado antes. Con el iPad, primero tuvimos un Air finísimo, y luego todo lo aprendido allí acabó en el iPad Pro, que hoy es incluso más delgado que el Air.
Con los Mac está pendiente: el MacBook Air es extraordinariamente fino, el Pro todavía no, pero estamos esperando renovación en 2026. Con los iPhone es más complicado, y los rumores del iPhone 18 Pro apuntan incluso a un aumento de grosor para meter más batería. Lo entiendo, y lo agradezco cuando salgo con el 17 Pro Max y sé que puedo con todo el día.
Pero hay algo que el Air me ha enseñado que no sabía que necesitaba aprender: que disfrutar del iPhone no debería ser privilegio exclusivo del modelo más ligero de la gama. Que la sensación de no renunciar a nada, esa que existió en los tiempos del 7 Plus y que este iPhone ha recuperado, debería ser el objetivo de toda la línea, no la excepción. El Air es el anticipo. La pregunta es cuándo llega el resto.
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