
En la historia de la informática, las evoluciones comenzaron a medirse por la progresión de la tecnología. Durante décadas, era la tecnología quien delimitaba generaciones e impulsaba la dirección, que el mercado recogía después de un cierto tiempo de implantación. Desde hace unos años, ya no es así. La tecnología ha avanzado a un punto en el que la implantación en la sociedad es más rápida que en los grandes entornos, las empresas. Somos devoradores de información, y nuestra forma de consumirla es a través de los mejores dispositivos que podemos permitirnos.
Esto marca una carrera paralela entre dos entornos: la adopción de una nueva tecnología en una gran corporación y la carrera doméstica. Y es ésta última quien se encarga de empaparla en la sociedad, donde acaba calando. El mercado empresarial es un escenario complicado. Son muchos más factores los que hay que controlar y la decisión siempre se toma en cuenta por multitud de parámetros, que a menudo son alejados de las decisiones personales del consumo personal de tecnología. Simplemente, porque son distintos momentos de decisión, y distintos lugares donde aplicarlos.
¿Pero y si, llegados a este punto, ocurriera algo que entrecruzara las líneas de decisión e incluso fuera diferentes de ellas? ¿Y si la capacidad de arraigo de una tecnología fuera tan profunda, que acabara infiltrándose en el estrato tradicionalmente alejado del actual? ¿Y si la incorporación de las tecnologías de Apple a la empresa no está llegando – como muchos esperaban – en base a grandes decisiones corporativas, ni desde las actas de altos consejos directivos?
¿Y si todo fuera más fácil de lo que nunca hubiéramos imaginado, más natural, y fueran los propios empleados de las empresas quienes comiencen a utilizar las tecnologías de Apple para trabajar… sin imposiciones, sin órdenes piramidales: “sólo” porque las prefieren?











